Bodas de sangre

Durante este mes de julio se puede ver (otra vez) la aplaudida obra Bodas de Sangre de Federico García Lorca con dirección de Oriol Broggi.

El montaje ya se pudo ver el verano pasado, hizo gira por territorio catalán e, incluso, en algunas ciudades francesas, y como no se han traducido las palabras de Lorca, algo me dice a mí que harán gira por territorio español; puede que me equivoque, pero como más gente vea esta maravilla de espectáculo, mejor. Por el momento, está todo julio y en setiembre vuelven.

Después de perdérmela la primera vez que se representó en la Biblioteca de Catalunya -uno de los sitios más especiales de la Ciudad Condal- pude verla en Sant Cugat, aunque con algunas diferencias en el montaje, pues durante la gira se ha prescindido del caballo y se ha sustituido por una proyección, este hecho, pero, lo comentaré más adelante.

A decir verdad, quizá por la disposición de las butacas, por mi estado anímico o por el duende que tiene la propia Biblioteca, en esta ocasión me llegó mucho, muchísimo más y la disfruté infinitamente. 



“El teatro es poesía que sale del libro para hacerse humana”     
No creo que todo teatro sea poesía, pero sí el del autor andaluz que hace que cada una de sus palabras se deslicen por un compás musical imaginario. 

Hace algunos meses, hablando con un actor ajeno al montaje, me confesaba que García Lorca era su autor predilecto y que, en ocasiones, le daba miedo ver representaciones de sus textos porque no quería decepcionarse. No sé si a él esta puesta en escena de Bodas de Sangre le hubiera decepcionado, pero a mí, no, pese que iba con unas expectativas muy altas: en primer lugar, por ser un texto lorquiano y, en segundo lugar, por ser una producción de La Perla 29 que los tengo, casi, en un altar.

La escenografía desnuda es parecida a la que ya nos tiene acostumbradas Broggi en otros de sus espectáculos: un espacio casi vacío, con tierra en el suelo (no apta para sandalias), y que no representa un lugar en concreto, pero que sirve para todo a la vez, aunque pequeños matices, como una mesa, un piano, unas sillas…, son suficientes para marcar la diferencia. Es cierto que tampoco es necesario nada más, pues cualquier otro utensilio o decorado sería ostentoso y barroco.

El reparto, como no puede ser de otro modo, cuenta con la primera división de actores y actrices del mundo teatral catalán: Clara Segura, genialísima en todo lo que hace y enamorada de ella desde que la vi por vez primera en Incendis, Ivan Benet, a la par con Segura, Pau Roca, Nora Navas, Anna Castells y Montse Vellvehí. Si bien es cierto que de los dos primeros mencionados me parecieron impecables de principio a fin, con el resto, en algún u otro momento me chirriaron un poco, nada importante ni imperdonable, puede que yo sea muy quisquillosa y nada me puede parecer del todo correcto nunca.

Por otra parte, importantísimo destacar la música en directo y las respectivas composiciones musicales de Joan Garriga, que son pura magia y que me hicieron regresar a un patio andaluz, a la llanura de los campos y a los marrones de la tierra. Por eso mismo, por el viaje sinestésico que me produjo, me resultó muy extraño que una de las canciones estuviera íntegramente en catalán, pues me es muy difícil asociar Andalucía con la lengua catalana. Seguro que Garriga y Broggi tendrán que una explicación que desconozco y que puede, o no, que me convenza, pero, por el momento, no es así.

Por último, otro aspecto que quería comentar de este montaje del que tanto se ha hablado y aplaudido, y es que mucha gente con la que había hablado me había alabado la presencia del caballo, montado por Vellvehí, y si bien es cierto que impresiona y que deja con la boca abierta por su elegancia y su belleza, me parece del todo innecesario. No dudo que el caballo esté bien cuidado, pero no sé qué necesidad hay de meterlo en un sitio tan pequeño, con tanta gente a su alrededor y con tanto calor; porque si nos llenamos la boca diciendo que no queremos elefantes en los circos, fuera los caballos de los teatros.


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